¿Alumnado excelente? (bis)

Excelencia:

  1. Superior calidad o bondad que hace digno de singular aprecio y estimación algo.

Tal vez sea bueno empezar con la definición de la RAE para aclarar el término y tomarlo como punto de partida de la reflexión sobre lo que implica que eduquemos con la intención de tener un alumnado “excelente”.

Creo, que, tanto socialmente como en muchos ambientes escolares, se identifica excelencia solamente con buenas notas, y siguiendo el círculo, la identificación o definición de las buenas notas es el 10 y el 9.

Los 10 se consideran, por muchos docentes, sinónimo de perfección, de 0 errores, de no fallo; sobra decir que mi concepto del 10 no es ese ni mucho menos; cuando aprendamos que los fallos construyen en lugar de penalizar, cambiarán muchas cosas; pero, en medio de este círculo vicioso, los niños y niñas tratan de sobrevivir a ese sistema competitivo, de fábrica de producción, sistema heredado de otros tiempos, en donde era necesario aplicar una formación uniforme para generar personas uniformes que trabajasen de forma uniforme porque esa era la necesidad de una sociedad y una economía que requería eso.

El mundo ya no es así, la sociedad ya pide otras cosas, y, sin embargo, el sistema educativo (y en el término hay implícitos muchos factores y agentes) se resiste a cambiar y seguimos educando en filas perfectas de niños y niñas “perfectos” en constante silencio, trabajando en libretas perfectas llenas de pautas.

¿Cuántas de esas cosas les están formando para la excelencia?

Tengo que reconocer que cada vez me cuesta más estar en una reunión en la que se diga que tal alumno o alumna “es excelente” solo porque sus calificaciones rondan esos números. Mi pregunta inmediata es si ayuda a otras personas, si sabe trabajar en grupo, si colabora, si acepta las críticas, si quiere superarse, si tiene ganas de mejorar…

No seré yo quien infravalore las buenas calificaciones, la mejora y el aprendizaje continuo son la clave, pero creo que, en muchas ocasiones, hemos llegado a un punto en el que parece que eso prevalece frente a otros valores. He visto (y sigo viendo) a algunas familias que en entrevistas en las que debes hablar de cuestiones actitudinales acaban llegando al punto de “bueno, sí, pero ¿qué sacó en el examen?” y eso, inevitablemente, me hace pensar que en algo nos estamos equivocando.

Creo también que gran parte del problema viene de los sistemas de evaluación. En algún momento deberemos preguntarnos qué estamos evaluando, pero, sobre todo, para qué lo estamos haciendo.

Por mis aulas ya han pasado más de 2000 chicos y chicas, si lo pienso, me da un vértigo enorme. He sido parte de la formación de todas esas personas que se han ido incorporando de forma activa en la sociedad. Con muchos y muchas tengo aun hoy una estupenda relación y con varios, la relación se ha convertido en amistad.

De estos últimos puedo afirmar que creo que son personas excelentes y aún recuerdo sus notas de fin de curso o, incluso, una  evaluación aciaga en donde alguno llegó a suspender 5 o 6 materias. De varios escuché que “eran mediocres”, que no eran “brillantes” y ahora que les veo me entra hasta la risa solo de pensar en esas frases o aquellas afirmaciones basadas solo en un número en un papel.

La escuela debe formar, pero ¿solo en una serie de contenidos u objetivos académicos? ¿Qué estamos potenciando, la cooperación o la competitividad?

Si ser excelente, supone, Superior calidad o bondad que hace digno de singular aprecio y estimación algo, pues mi singular aprecio y estimación lo tienen quienes dan el máximo de sí mismos en cada cosa que hacen, quienes anteponen el bien común al propio, quienes se preocupan, cuidan y hacen sentir bien a quienes están cerca, quienes creen que pueden hacer de este mundo un sitio mejor.

Una parte de mi alumnado, de antes y de ahora, responde a estos valores, muchos tenían altas calificaciones en muchas materias, incluso en todas; otros no, pero eso no los hizo menos excelentes porque supieron crecer y superarse.

Quisiera que en nuestras aulas valorásemos la excelencia individual, no la que estipulan unos estándares que tanto condenan a quienes, por lo que sea, no llegan a esas notas. Quisiera que en nuestras aulas potenciáramos esa conciencia y creencia de lo que implica y significa ser excelentes. Quisiera que en nuestras aulas fuésemos capaces de darle a nuestro alumnado las herramientas necesarias para hacerse “grandes” más allá de que tenga unas notas u otras; seguro que si se siente así, su rendimiento mejorará.

Quisiera, en definitiva, que cada niño y cada niña sentados en un aula fuesen un nombre, una cara, una sonrisa, una anécdota compartida y no un número.

Una gran parte del profesorado cree en este concepto de educar en la excelencia, de potenciar que cada persona pueda dar su máximo para ponerlo al servicio de los demás, de la sociedad. Somos muchos quienes queremos esas aulas. En ello estamos.

 

(He modificado este artículo ya publicado en el blog para su inclusión en La Nueva España del 8 de enero de 2018)

FOTO: Japheth Mast

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