El arma más poderosa

Hace unos días, la noticia de Wang Fuman, el niño del sur de China que camina una hora y media para ir al colegio y que llega, literalmente, con el pelo y las manos congeladas a la escuela, recorría el mundo y se hacía viral en las redes sociales.

Su historia dio pie a que las autoridades buscasen ayudas y recursos para los niños y niñas de esas zonas en las que apenas tienen nada. Un vídeo conmovedor y hermoso con una historia de esperanza.

Durante varios días la imagen de Wang y su hazaña diaria para ir al colegio ocupó mis pensamientos. Imposible que no de qué pensar ver aquel pelo congelado, como si estuviese pintado, como si fuese, casi, casi, de broma y aquella cara, pese a todo, sonriente al llegar a la escuela y sentirse atendido.

¿Qué lleva a Wang, abandonado por su madre, viviendo solo con su abuela y una hermana mayor, a querer ir a estudiar todos los días pese a caminar tanto tiempo y en medio de esas temperaturas extremas? No lo sé, nadie dice nada de eso en los reportajes o en las noticias. Solo se cuenta lo que sucede, pero no lo que siente o piensa Wang.

Me lo he preguntado muchas veces, tal vez porque, por contraste, se suele escuchar, en nuestro país que ir al colegio “es un rollo”, y no solo lo dicen niños y niñas sino que, muchas veces, son los adultos quienes refuerzan este pensamiento. Esto hace que, colectivamente, se genere una imagen de la educación un tanto denostada, como una obligación, una imposición, una especie de condena a galeras durante más de quince años. Sin embargo, la historia de este niño del sur de China ha impactado al mundo y se alaba y admira su gana de querer estudiar y de ir a la escuela pese a todo. Paradójico.

Quiero creer que Wang va a la escuela porque le da esperanza, porque es un sitio que le hace sentirse bien, seguro, acogido. Que sabe que aprender a leer, escribir, sumar o restar le dará más oportunidades y por eso, por todo eso, va allí todos los días aunque llegue congelado.

Esto, para mí, es ejemplo de que, como decía Nelson Mandela, la educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo.  Esta historia es anecdótica, es una más, como muchas otras, como la de muchos niños y niñas que en su día a día se enfrentan a dificultades impensables en nuestro mundo para poder ir a sus colegios y estudiar y tratar de salir adelante buscando en la educación la única posibilidad que saben que podrán tener.

Sin embargo, parece que siempre es más fácil ver estas afirmaciones haciéndose verdad en lugares deprimidos o sin recursos, ¿y en nuestra realidad? ¿Es, de veras, la educación un arma poderosa? Mi respuesta es un rotundo sí.

La educación nos hace tener más capacidad crítica porque nos permite conocer el mundo y lo que ha sucedido y sucede en él. Nos permite escoger porque nos da opciones. Nos hace crecer y nos permite buscar el bien común, el desarrollo no solo personal sino social. Nos da armas e instrumentos para enfrentarnos a problemas cotidianos, nos enseña a convivir, a respetar, a trascendernos, a ceder, a esforzarnos, a triunfar y a fracasar. Y cada una de las acciones que enumero ayudan a transformar el mundo, contribuyen a hacerlo un poco mejor.

Deberíamos vivir la educación como una alegría, como una oportunidad. Lo que vemos tan nítido en esos lugares en donde es tan complicado, debería serlo también en nuestra vida. Comprender que, cuando estamos estudiando estamos generando oportunidades para nosotros mismos y para la sociedad ayudaría, sin duda, a empezar a cambiar y a romper paradigmas y estereotipos sobre la educación y quienes nos dedicamos a ella.

Son tiempos de cambios en el mundo educativo, hay que adaptarse a los tiempos, a las necesidades, pero es fundamental que reconozcamos el papel relevante y clave que tiene la educación en el desarrollo de nuestras sociedades.

Las escuelas son lugares de alegría, de aprendizaje, de encuentro y así deberían entenderse y vivirse sin necesidad de irse a una remota región del sur de China.

Es cierto que nos queda mucho trabajo por hacer, que hay que cambiar muchas cosas y que nuestra clase política debería sentarse a pensar qué hacemos con nuestro actual sistema educativo, aún así,  eso no es una excusa para que socialmente comencemos a tomar conciencia de qué supone la educación en un país como el nuestro y que no empecemos a reconocer la importancia del estudio desde la alegría, desde la oportunidad, desde la apertura que nos da la formación.

Me quedo con la cara sonriente de Wang, con sus mejillas rojas y sus ojos brillantes. Me quedo con sus ganas de ir a la escuela, con su esfuerzo, con su constancia y con su ilusión. Me quedo con todo eso y lo hago mío y me lo traigo a mi día a día para seguir haciendo armas poderosas.

FOTO: Diego PH

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